Valorando la palabra

Por Αγάπη

 

Déjame estar, donde el viento me susurrará,

donde las gotas de lluvia al caer cuentan historias.

Imaginary, Evanescence

 

Trasladarse a un universo donde todo puede pasar por un conjunto de palabras es extraordinario. Maravilla dejada de lado por la cotidianidad de saber leer, puesto que en la mayoría de los casos sólo se pasa la vista por las frases, sin llegar a comprenderlas y aprehenderlas.

 

Pero mucho más asombroso aun, es plasmar las ideas en papel e hilarlas para dar vida a ese universo de posibilidades. Hechizo coartado por la mediocridad y el razonamiento ‘de esto es un hobby, ¿para qué apoyarse en las reglas gramaticales y ortográficas? No somos profesionales ni queremos serlo, ¡viva las caritas del Messenger!, ¡viva la libertad de escribir como se nos pegue la regalada gana hacerlo!’

 

Ingenuamente, los cibernautas creen o quieren creer que al adentrarse al mundo virtual todo es posible y permitido. Y si bien, es cierto que el cielo es el límite dentro de la red, la realidad es que —se quiera o no— todo se mueve bajo reglas. Por supuesto existen excepciones, sin embargo, al final se sucumbe a ellas. Principalmente, porque la libertad conlleva responsabilidad.

 

Curiosamente, es esto último lo más difícil de entender por el cibernauta, porque al involucrarse en la net se busca huir del contexto individual y sus lineamientos.

 

Pero la realidad no se deja fuera del monitor. De hecho la net está tan bien compenetrada con el entorno individual —tanto que se podría decir que “es la misma gata, pero revolcada”—, que la única diferencia entre ambas es la palabra escrita.

 

Siendo éste un mundo regido por la lectura y escritura, la ortografía y gramática suelen ser indispensables. Poco importa la marejada de ‘conti pliz’, ‘es genial, sigue así’, por la sencilla razón que la mayoría dejará de leer antes de llegar a la mitad. ¡Claro que hay excepciones!, no obstante, hay un porqué del éxito de estos raros casos: popularidad y talento suelen ser trascendentales.

 

Evidentemente, hay quienes luchan contra las reglas del juego e inclusive hay quien insiste en que seguir las bases de la ortografía y gramática en el mundo virtual es elitista. Indiscutible, la opinión es respetable.

 

Históricamente, la batalla contra la correcta redacción no tiene futuro, porque conforme el autor adquiere experiencia terminará cediendo al “tumba burros” —alias el diccionario— y buscando la manera de superarse a sí mismo.

 

Aquellos que siguieron en pie de guerra han desaparecido de los anales-cibernéticos, sólo recordados por sus detractores en son de burla y comparación con los nuevos y valientes soldados.

 

Escribir como hobby es completamente válido, pero el no comprender y aprehender el poder de la palabra —ése que abre caminos, derroca reinos, que lleva al Infierno o al Paraíso en segundos— es una falta total de tiempo, esfuerzo y trabajo.

 

Finalmente, la primera idea que cruzará el cerebro del lector ante la mala redacción será ‘ignorante y sus sinónimos’, aunque jamás lo “diga en voz alta” y el autor haga como si el otro nunca lo pensó.

 

La valía del conjunto de frases es tan impresionante y poderosa, que es sencillo comprender el miedo a domarla, aunque en el fondo es lo que todos desean hacer.

 

Empápate con palabras tácitas,

vive tu vida con los brazos muy abiertos.

Hoy es donde tu libro comienza,

el resto aún está en blanco.

Unwritten, Natasha Bedingfield