Sobre el oficio de escribir mentiras con ganas de encontrar verdades

Por Antonio Rodríguez Rocha

 

 

El proceso creativo es un misterio, sucede de improviso y sus efectos son impredecibles. Se puede empezar a escribir sin mayor afán que entretener a los amigos en tertulias e iniciar, inesperadamente, un género literario; o  con la presunción de lograr transitar por el laberinto del tiempo y terminar extraviado entre los papeles amarillentos de los recuerdos familiares. Las motivaciones son tan diversas como sus efectos.

 

Bernal Díaz del Castillo anciano y resentido por los resultados de sus aventuras en el Nuevo Mundo—, se dedica a lo largo de su libro: Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España, a enmendarles la plana a los cronistas de la época, entre ellos Francisco López de Gómara, capellán de Hernán Cortés. Indignado por lo que considera inexactitudes y mentiras.

 

El oficio de escribir con la intención de convertirlo en profesión, puede iniciarse como un pasatiempo. Es el hecho de recibir de regalo en la infancia, un cuaderno para llevar registro de los sucesos de la vida o hacerse adicto a las lecturas y terminar haciendo aquello que seduce; dejando constancia de haber pasado por este mundo incomprensible.  También sirve para hacerse compañía.

 

Al mirar las fotos de las Cuevas de Altamira, surge la pregunta ¿qué pensamientos moverían a aquellos seres humanos, que los impulsó a pintar sobre los muros? Ver la huella de la mano extendida como si fuera la firma y también una sorpresa. Se supone que se trataban de ritos religiosos, deseos de mejor suerte en la cacería. Pero es una huella que ha viajado por miles de años y es portadora de la interrogante ¿qué hago aquí?

 

El proceso creativo, en todas sus manifestaciones artísticas, es la búsqueda de placer; evadir por momentos el trajinar de la existencia y arrojarse a la aventura de la imaginación. Es el mundo alterno que se habita y manipula, alimentado por ese otro mundo tan arbitrario y fuera de control. La realidad nunca se somete a los deseos y se hace necesario echar mano de ese cosmos paralelo, ya sea para sobrevivir, intentar entenderla. Ese sería el origen de  las religiones y la ciencia.

 

La aspiración perenne de encontrar la explicación a la vida y que no siempre es maravillosa.

 

Se viaja en esta esfera minúscula por el universo, donde tal parece que el único imperativo es crear cualquier tipo de vida, verificable al levantar una piedra y mirar el impresionante correr de insectos.

 

Tener conciencia del destino final angustia y mejor es buscar el lado bueno: crear, imitar a un Creador inexistente a través del juego de la imaginación.

 

Hay quienes prefieren hacerla morada fija y romper cualquier nexo con la realidad, quizá resulten los más felices, mientras no hagan daño por no compartir sus ideas. Sean esos fanáticos fundamentalistas que pretenden moldear lo amorfo a sus deseos y hay que ver que son muchos.

 

La mayoría que mejor se dedique a explorar la utopía, para deleitarse en el lado disfrutable de la realidad, y contar con trincheras para soportar sus embates. Ejercer el derecho al placer de contar historias. Como dijera Truman Capote: “toda la literatura, desde la biografía a los ensayos, pasando por las novelas y los cuentos, no es más que chismorreo...”

 

Quizá, hacer partícipe a los posibles lectores del desahogo, asomar la cabeza del mar de desánimo en donde se suele habitar sin flotadores. En palabras de Graham Green: “…escribir es una forma de terapia. A veces me pregunto cómo se las arreglan todos los que no escriben, componen o pintan para escapar de la locura, la melancolía, el terror, pánico inherente a la situación humana”.

 

Jugar con la identidad ajena, aspirar a lo inalcanzable o lamentar lo que se cree ser y terminar con preguntarle al otro ¿quién soy? con la esperanza de encontrar una respuesta. Como diría Julio Cortázar: “la literatura es un juego, pero un juego en el que uno puede jugarse la vida”.

 

A la literatura se le llama la estética del símbolo, porque este es su categoría. También se define como el arte de la palabra,  porque se vale de ella y la maneja como símbolo. En la obra literaria la materia prima son las palabras, conceptúan imágenes y representaciones relacionadas con el sentimiento, a diferencia de otras expresiones informativas en general, correlacionadas con el pensamiento.

 

La finalidad de la obra literaria es expresar sentimientos y en eso consiste su contenido.

 

Sobre la escritura Gabriel García Márquez expresó: “escribir es casi tan duro como hacer una mesa. En ambos casos se trabaja con la realidad, un material casi tan duro como la madera. Ambas actividades están colmadas de trucos y técnicas. Requiere de poca magia y mucho trabajo duro”.

 

No deja de sorprender tal comentario, cuando vienen a la memoria aquellos excesos de imaginación, de las esteras de los turcos volando sobre Macondo; o los restos mortales  del padre de Fernanda del Carpio, enviados en cajas de plomo, selladas como regalo de navidad para sus nietos. O el hilo de sangre interminable que anuncia a Úrsula Inguarán la muerte de su hijo José Arcadio.

 

Carlos Fuentes en su libro de ensayos Geografía de la Novela,  recuerda que en sus comienzos de escritor, comúnmente escuchaba “la novela ha muerto”, al perder una de sus funciones primeras: ser  la portadora de novedades, ante el embate de las tecnologías de la información: prensa escrita, radio, cine, televisión. Y ahora, hay que añadir el vértigo del Internet  y lo que se agregue esta semana. 

 

Las novedades se transmiten “de manera más veloz y más eficiente, y a un número inmensamente mayor de personas… los antiguos territorios de la novela habían sido anexados  por el universo de la comunicación inmediata…; Aldoux Huxley, anunció que la tiranía se impondría mediante el placer exacerbado de la diversión informativa sin límite. Pero en todo caso, la tiranía del placer o la del dolor, llegaría sin letra: la era de Gutenberg había terminado…, lo que Baudrillard llama la explosión de la información junto con la implosión del significado”.

 

Pues bien, la invitación es a escribir por el placer de escribir, lo que suceda o deje de suceder con lo escrito, no es posible saberlo. Ya sea que se escriba a la antigua con hoja de papel y pluma, sobre el reverso de un boleto de autobús, sobre la arena (que, como queda consignado en los Evangelios, fue lo único que escribió personalmente Jesús, y sólo él supo lo que quiso decir); o mediante el uso de las más avanzadas tecnologías. A fin de cuentas, es arrojar botellas de vidrio sobre el mar y verlas balancearse entre lo efímero y lo eterno por toda la eternidad.