La literatura, una institución monoteísta

Por Nimphie Knox

 

 

La creación de una obra literaria es un proceso que concluye con la muerte. El autor, lejos de ser el dios creador de la obra que lleva su firma, ocupa luego del punto final el papel de un muerto. Cualquier intervención posterior que realice en su creación beneficiará el endiosamiento del autor como un ser de carne y hueso. Es decir, como el único dueño y señor de su obra.

 

En su ensayo “La muerte del autor”, Roland Barthes define la figura del autor como una invención de nuestra sociedad actual «en la medida en que esta, al salir de la Edad Media y gracias al empirismo inglés, el racionalismo francés y la fe personal de la Reforma, descubre el prestigio del individuo».

 

Actualmente, la institución literaria, como una pieza más del capitalismo imperante, necesita concentrar el prestigio en estos dioses y estimula los procesos que los consagran, al menos durante el escaso parpadeo que la moda, esa dama infantil y caprichosa, decide otorgarles.

 

En esta experiencia semi religiosa en la que se ha transformado la creación y recepción literaria, la idea de lo huérfano, de aquello que no posee un dios, un padre, resulta desesperante e inconcebible. Lo anónimo necesita un árbol genealógico, porque aquello que posee un origen dudoso se transforma en algo amenazante. ¿Cómo intentar explicar el objetivo de un mundo sin dios? ¿Cómo encontrar el secreto de una obra sin un autor?

 

Objetivo, mensaje, e incluso secreto, son los tesoros que, para la mayoría de los lectores, esconde la caja de Pandora de una obra literaria. Y en esa expedición, armado con un arsenal de armas de procedencia dudosa, el lector común se siente obligado, sin saber muy bien por qué, a relacionar la obra con una persona real.

 

En este mundo de propiedad privada, derechos de autor, editores y correctores de estilo, la obra es patrimonio no de un autor, sino de una persona de carne y hueso: el dueño de los derechos de la obra se confunde con su autor, que a veces empíricamente son una única persona.

 

Inquietos por el sentimiento que produce la orfandad, una especie de tristeza y suspicacia ante el objeto que la sufre, la búsqueda del padre es inminente. Solo él podrá abrir esa caja de Pandora que oculta la verdad de su creación; si este muere, como ocurre con el afamado Henry St. George de La lección del maestro, de Henry James, se llevará el secreto a la tumba.

 

El lector, que ha nacido y crecido con la concepción de que todo debe poseer un dueño, relega su condición a la de un espectador pasivo. Y el impreciso conjunto de entidades que hoy conforman la institución literaria no hace nada para impedirlo, sino que alimenta la idea predominante de que el lector no puede compartir el reinado con el autor de una obra. Turbado por el papel que le ha tocado representar, el lector transforma su impotencia en el anhelo de intervenir en aquello en lo que le ha sido prohibido. Este es el origen del fenómeno conocido como fanfiction.

 

Ningún autor puede ser Scherezada. Todo autor, al finalizar su obra, debe entregarse a los brazos de la muerte, porque en palabras de Michel Foucault: «La marca del escritor ya no es más que la singularidad de su ausencia». Todo privilegio que el individuo empírico se tome luego del sacrificio simbólico de su identidad, no pertenecerá al plano del autor. Finalizada su obra, este quedará disminuido al mismo nivel del lector común. Y a pesar de que el resto del mundo lo vea como un dios creador, el autor sabe o sospecha que no lo es. Sus inquietudes son quizás las mismas de sus lectores. Este es, tal vez, el origen de muchas segundas partes y sagas: la resistencia del autor a sufrir esta destrucción inevitable y confirmar su soberanía.

 

Dice Barthes: «La explicación de la obra se busca siempre en el que la ha producido». Nada más cierto. Y nada más terrible. Muchísimos escritores han sido traicionados por su propio éxito, encasillados y etiquetados: la idea de que en un individuo puedan existir varios autores a veces resulta confusa, poco confiable y hasta innecesaria. Este es el origen de los seudónimos: buscar una nueva identidad, liberarse de la camisa de fuerza de las etiquetas.

 

El lector debe comprender que está a la misma altura del autor. Debe aprender a asumir las responsabilidades que le corresponden y nadie debe desalentar esta participación, este compromiso, esta gentil invitación que la letra escrita le propone. La obra literaria es una compleja red de significaciones lingüísticas, es el refugio del código y el símbolo, la morada de la semiosis infinita. Y ante la ausencia del padre, el lector debe apropiarse de la obra, hacerla suya y construir su propia interpretación, su propia hipótesis de lectura.

 

¿Amaba la Dama del Lago al mago Merlín? ¿Amaba Laureola, la protagonista femenina de Cárcel de amor, al desafortunado Leriano? ¿Es “Ómnibus”, de Julio Cortázar, un cuento fantástico? ¿Cómo asegurar la moral del profesor Severus Snape, uno de los personajes más intrigantes de la saga Harry Potter?

 

Ninguna de estas preguntas tiene una única respuesta. Y no le corresponde al autor entregarlas. Es el lector quien deberá adoptar el texto huérfano y dotarlo de sentido. En palabras de Paul Ricoeur: «El sentido del texto está abierto a cualquiera que pueda leer. La omnitemporalidad del sentido es la que lo abre a los lectores desconocidos [...] ya que el texto que ha escapado de su autor y de su situación, también ha escapado de su destinatario original».

 

A pesar de todo, es evidente que el lector no llega al texto con la mente completamente abierta, sino que ha sido educado para hallar en él sentidos concretos. Esta semiosis infinita, insinúa Ricoeur, solo puede ser aceptable, en última instancia, en una dimensión diacrónica. Sin embargo, no por eso hay que entregarse a los brazos de la comodidad o del «no comprendo»: existen textos que no se conforman con ser leídos una vez.

 

La obra literaria tiene un pasado y un presente: el pasado de su creación y el presente eterno de los miles de lectores que intentarán apropiarse de ella. En el pasado se encuentra el autor, el sentido y la referencia otorgados por él, y en el presente, ese presente atemporal que se diluye con la eternidad, se halla la experiencia del lector, que completará la obra con sus propias vivencias.

 

Como lo expresó Roland Barthes, con una sencillez abrumadora: «El nacimiento del lector se paga con la muerte del autor».