La reina egipcia  

 

Por Antonio Rodríguez-Rocha

 

Trato de ser lúcido, inteligente, fríamente objetivo para comprender esta situación: Tú eres de otro mundo, un extraño E.T. que entró a mi casa la mañana de un mes que he olvidado, de un día atrapado en la catarata de tiempos corridos a mis pies. Llegaste con tus grandes ojos de cervato, con la decisión inapropiada para un joven de tu edad. Llegaste y punto.

 

Mi forma de vivir se vio alterada, mis pensamientos cambiaron de la costumbre de inventar, contigo me enfrenté a una nueva realidad: deseada, lo acepto, planeada, lo asumo; lo que nunca esperé fue que se hiciera verdad. Llegaste, pero no era a ti a quien esperaba. No eras Ulises. Eras un esclavo prófugo de los brazos de Cleopatra y ¿cómo diablos competir con una reina egipcia?

 

De allí, mi intención de ser inteligente. Acepto que eres prisionero irremediable de los olores de una mujer, estás ciego, sordo e intocado, levitas en sus pupilas de hechicera. Lo peor: eres feliz.

 

A quien esperaba requería ser hermoso, fuerte y viril, fuera tan hombre como lo fui yo, un adonis, un dios griego resucitado después de milenios, debería llegar a casa con su poder de seducción, no un esclavo seducido como tú.

 

He cometido el error de confundirte, te he entregado todo a cambio de unas cuentas de vidrio, del engaño infame de creerte otro.

 

Hoy te concedo la libertad de mí y que continúes esclavo de ella. Los hombres en tus condiciones sólo valen un poema escrito con las entrañas, valen una historia mal contada en el microbús.

 

Acepto que me he equivocado, lástima. Pero duele más seguirse engañando, los momentos de lucidez desgarran, me hacen trizas, mi engaño no engaña a nadie.

 

Hoy te digo adiós sin reclamos, sin furias, estoy tranquilo y aun cuando quiero llorar, no he de llorar, resultaría ridículo en un anciano como yo. Aferrarme a la vida, amándote, es ya demasiado patético. Debo dejarte ir.

 

La metáfora de tu vuelo cansa, por eso basta con que dejes la llave junto a la puerta y cierres despacio, despacio, como si cerraras el féretro el día de mi funeral, sin el horror de ver mi cara muerta, sin el horror de ver mi cara en llanto. No voltees ni un instante, evítate la maldición de la medusa que soy, reina sin vasallos, loca enamorada al pie del Ángel.

 

Márchate, que mis garras desgastadas no destruyan tu cuerpo de papel de china, que no quiebren tus huesos de carrizo. Quise ser el viento para hacerte volar, atado al hilo de mi afecto giraras por el cielo sin desprenderte de mí.

 

Por mí no te preocupes, he atrapado los olores de tu cuerpo en la ropa hurtada a espaldas tuyas, he dibujado mil dibujos de tu cara para no olvidarte y he escrito mil palabras para recrear la cronología desde tu llegada.

 

Amarte, siendo ajeno, fue una aventura perversa, un desliz de mis sesenta años antes de entrar a eso que llaman senectud. Pero no, siempre lo he declarado: soy un adolescente triste, encerrado en un cuerpo viejo, aún conservo mis dudas, mis miedos y desvaríos. ¡Dios, por qué me diste los años tan sólo para contarlos y las malas experiencias para repetirlas!

 

Tú eres una de esas malas experiencias, tú despertaste los mismos deseos que tuve a mis quince años, esa preciosa edad que ahora tienes y a la que pretendí volver, amándote. He fracasado.

 

Por eso te digo adiós. Has venido a decirme que seamos amigos. «¿Amigos?», contesto. «¡Qué cruel eres! Los amigos no se tocan, eso traiciona a la amistad, los amigos son un par de camaradas que se toleran; yo no soportaría tenerte cerca de mi mano sin poder tocarte. ¡Basta!, es mejor que te marches, no me mires, ya te dije que no me mires, temo que te burles, o sientas compasión, de ti quiero todo menos eso, toma tus pocas pertenencias, haz acopio de silencio y márchate».

 

Ve con ella. Siempre que teníamos algún problema ibas al teléfono de la esquina para hablarle; ahora ve, cuéntale que te has deshecho del viejo libidinoso, quien te untaba pomada en las piernas cuando jugabas fútbol, ése que te compró el smoking con la intención de que, por agradecimiento, te irías a la cama con él. Dile que ya no volverás, ya no trabajarás en mi casa de mozo, vago pretexto para verte todos los días, dile que sientes un gran descanso, pues este pobre anciano te consiguió trabajo con otros amigos y aunque ganes poco te ahorrarás la molestia de verme.

 

He caído en desuso, la pensión no alcanza para tener un “secretario particular” como pomposamente te exhibía ante mis amigos. Ya nada alcanza ni mi paciencia. Pero soy un caballero y jamás intentaré forzarte o chantajearte, no señor, eso sería inmoral, prefiero el dolor de perderte a convertirte en vil prostituto de tres pesos.

 

Ayer encontré el poema que le escribiste a tu novia, esa novia que domina tus impulsos, a la que prometes: “Seré lo que tú quieras para ti...” Al principio, estúpidamente pensé que estaba escrito pensado en mí: “Gracias por darme la confianza/por amarme de esa forma tan pura”. Continué leyendo entusiasmado, el desengaño fue terrible: “Que te realices como ser y como mujer”.Comprendí, me di pena.

 

Me sentí cansado de andar oliendo tus ropas sucias tiradas en el cuarto, dejadas por tus prisas al terminar el aseo y marcharte a la escuela, sentí el hartazgo de conformarme únicamente con pasar mi boca por donde estuvo tu pene, pasar mi nariz donde tu culo se sentó varios días.

 

Creo que no es justo, siendo ella tan joven tiene todo, no rastros. Ella, siendo casi una niña ya sabe lo que es tenerte dentro, ya sabe a ti, a tu saliva por sus senos flácidos de perra virgen, ya sintió tu lengua en su vagina y tus manos apretando sus nalgas, mientras le mordías el vientre y depositabas besos tiernos en sus pies. Ella sabe lo que es amarte.

 

En cambio yo, ofreciéndote todo lo que te puedo dar: mi casa, mi dinero, mis libros, mis consejos, sólo he tenido miradas lánguidas, risas frescas, mohines del niño que eres. Nada más. Me sería suficiente si fuera todos los días, pero no. A veces eres irascible, cruel, déspota, exiges tributo y, aunque pretenda ponerte en orden, todo resulta inútil, haces lo que se te pega en gana.

 

Al leer el poema, al descubrir mi autoengaño, supe que lo mejor era terminar. Mañana, por favor, me traes la máquina de escribir que te presté, el reloj, los libros, la chamarra y los suéteres; toma tus cuadernos, los calcetines y las trusas sucias que están junto al buró de mi cama. Por dinero no te preocupes, el trabajo en casa de mis amigos es seguro. Con ese dinero no tendrás restricciones como con el mío, podrás comprar cigarros y condones, ir a las tardeadas los domingos y comprarte comida chatarra hasta llenarte.

 

Siempre he estado solo. Son años completos de acariciar sombras, de despertar por la madrugada con mis manos perdidas acariciando las sábanas hechas bolas junto a mí; de repetir nombres en voz baja, años en obsceno amasiato con la soledad.

 

Y por favor no vuelvas, ni siquiera la amistad es posible, cinco meses de trato fueron suficientes. No volveré a pegar anuncios solicitando “Muchachos con referencias para trabajos sencillos en casa, buena presentación. Buen sueldo”. Tendré que entretenerme sacando al perro por las mañanas y regar las plantas del jardín, limpiar las conchas marinas incrustadas en las paredes del patio ¡tanto tiempo que me consumen! Llevar la ropa a la lavandería cada sábado e ir a comprar el periódico al puesto de la esquina. Ni modo, algo debo hacer antes de enmohecerme viendo cómo lo hacías tú.

 

Hacerse viejo y estar solo es difícil, ya estas manos no excitan a nadie ni estos labios provocan mordidas.

 

Estoy tranquilo, mirando caer las hojas del árbol una a una recuerdo la voz del poeta Nandino: “Señor, porqué me quitas las fuerzas y me dejas las ganas”. Mal grado haya Dios.

 

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