Los finales felices no existen, pero tampoco los tristes

 

Por Αγάπη

 

Concluye donde quieras,

con tal de que pongas buen final.

Lucio Anneo Séneca

 

Lo maravilloso de leer fanfiction es poder explorar ideas que ni por ventura al autor original se le ocurrieron. Pasar noches en vela, acompañando a los personajes en una montaña rusa de emociones, aventuras y experiencias es tan intenso que —en la mayoría de los casos— no importa cómo están escritas las historias, especialmente cuando el lector encuentra la pareja romántica favorita o al tema que lo hará perder la cordura y pasar horas frente al monitor.

 

El detalle, por demás exasperante, es que el 70% de los fanfiction no están finalizados (difícil predecir si algún día lo estarán) y cuando lo están ocurre un curioso fenómeno:

 

A diferencia de los drabbles, viñetas y one shot, donde el autor tiene la intención de narrar un instante —lo que viene después depende del lector—, una historia larga está constituida por una trama principal y varias secundarias que enriquecen y sostienen el argumento.

 

Y si bien, la responsabilidad de crear expectativas, que se pueden ir cumpliendo o no durante el desarrollo de la trama, recae completamente en el lector, la mayoría de los fanfiction largos terminan en circunstancias que no cierran cuestiones manejadas a lo largo de la historia o, por el contrario, todas las vicisitudes se resuelven en tres páginas (muy común cuando el número de reviews no es lo que se espera), todo esto aderezado por situaciones deprimentes o por contextos endulzados hasta la médula.

 

No está mal finalizar así, sin embargo, el precio es muy alto y conlleva que la historia no sea recomendada ni añadida a favoritos o, en varios casos, hasta eliminada de la memoria de quien leyó. ¿Por qué?

 

Porque para un ávido lector es sumamente desconcertante, irrisorio y hasta odioso leer “n” número de capítulos, llegar al final y exclamar: “¿Todo para esto?”

 

Por supuesto, el escritor finaliza cuándo y cómo le conviene y agrada. Asimismo, la “última moda” es dejar un final a la imaginación e interpretación del lector, sobre todo cuando se trata de secuelas y precuelas. Pero existe una enorme diferencia entre una conclusión abierta y una donde la lógica (que el mismo autor le ha dado a su escrito) termina opacada por el exceso o falta de situaciones y circunstancias. Y esto aplica a todo tipo de desenlaces.

 

Probablemente el autor tendría que considerar, primero, que los finales felices, tristes, originales, etcétera no existen, simple y sencillamente porque la vida (base de cualquier narración) no termina cuando se llegó a la meta trazada. Y, más importante, no se puede avanzar a la siguiente aventura si antes no se cierran círculos. Segundo, es compromiso, menester y responsabilidad del escritor apegarse a la coherencia que le ha dado a su trabajo y embonar en el final las piezas del rompecabezas.

 

Si se tiene cuidado de cumplir lo anterior, la conclusión no tendría por qué cumplir con el gusto de quien lee o los estándares de un escrito profesional, simplemente todo encajaría y al lector no le quedaría de otra más que exclamar: “No había otra forma de terminarlo”.

 

Al fin y al cabo, un buen final es donde todos los “hilos” convergen y las cuestiones fundamentales de la historia son reveladas.