Mi abuela y yo

 

Por Antonio Rodríguez-Rocha

 

(Sinopsis de telenovela.)

 

Mi madre me abandonó al cuidado de mi abue, cuando apenas tenía meses de edad (nótese el drama). Desde entonces vivo en casa de ella. Creo que ese es el origen del humor tan triste que tengo.

 

Mi abuela nació anciana. Su infancia y juventud se pierden entre naguales, pestes y revolución, donde ella era la principal protagonista, por eso sospecho que nunca fue niña. La recuerdo siempre igual: Viste de negro, y cuando le crece el pelo se lo corta y enchina dándole cierto aire de santidad. Cuando platica, platica de bulto, cuando hace la cosecha de sufrimientos de los vecinos, llora; cuando cuenta injusticias del mercado, llora; hasta cuando está contenta, llora. Su capacidad de llanto es tanta que ha de tener doble tanque lacrimal.

 

De niño me llevaba al mercado en el autobús. A veces se quedaba dormida y nos pasábamos un par de cuadras, al despertar, alarmada, reñía con el chofer: le gritaba que era un pendejo, que ya la había pasado. Presurosa agarraba sus bolsas, se limpiaba las babas y jalándome del brazo nos bajábamos aventando codazos a diestra y siniestra. Me divertía como un buen enano.

 

De ella he aprendido usos del idioma muy graciosos: cuando empezaba a tener novias, me advertía tener cuidado cuando se me alborotara el “pasojo” o de “las mujeres de la tandariola”, o cuando quiere hablar de putas dice fruta, “fulana es una fruta”. Cuando se congratula de algo bueno irremediablemente dice “obra de Dios”.

 

Al pobre de Dios se lo trae jodido, para todo lo cita: Cuando salgo siempre dice “que Dios te acompañe”, le contesto que si lo encuentro en la calle me lo llevo o que yo no sabía su nuevo trabajo de microbusero, tan mal andamos. Al final de plan futuro, dice: “si Dios quiere”, le retobo: y si no quiere, se chinga.

 

En la cocina, en un rincón, tiene imágenes religiosas, velas, vasos de agua y flores de plástico. Todas las mañanas reza. Cuando me levanto, escucho murmullos, ayes apagados haciéndome sentir Juan Preciado entrando a Cómala. Durante la fiesta del Día de Muertos, en noviembre, la casa adquiere un tufo a muerto que no vieran: acostumbra poner su tradicional ofrenda: frutas (de las de verdad, de las otras no) cempasúchil, panes, cigarros, agua, tequila, fotos. Lo bueno es la comilona que viene después.

 

Su gran vicio es el lavadero, supongo que sus mejores orgasmos los ha vivido lavando. Lo primero que hace por las mañanas es buscar la ropa sucia y subir a la azotea a lavar. Es tal su fervor al hacerlo que ya me ha deshecho un par de pantalones de mezclilla y varias camisas.

 

Cuando me despiden de las fábricas, ella es quien da el dinero mientras busco empleo, llego a casa desmoralizado con mi periódico bajo el brazo, cansado de estar sentado en la Alameda hojeando El Universal, y siempre hay comida: pollo con mucha verdura o chiles rellenos de atún o tortas de espinacas, su especialidad, y al centro de la mesa manzanas y mandarinas, quizá un poco magulladas, pero peor es nada. Nunca le he preguntado de dónde saca dinero, a lo mejor es narcotraficante al menudeo o secuestra niños para pedir rescate, o tiene algún amante rico, ya ven que en este mundo las perversiones alcanzan para todos. No le pregunto nada, porque sé que es una manera de realizarse: ella es feliz y yo me alimento.

 

A veces cuando sufro los embates de la tentación y no tengo para el hotel, ella es muy discreta, comprende, y siempre resulta que tiene un pendiente por resolver: en el mercado, con sus otros nietos o sus actividades extrañas. Yo les explico a mis demonias que ella es mi “muchacha”, mi ama de llaves, algo así como el mayordomo en las películas de Mauricio Garcés. No vayan a pensar que padezco algún complejo edípico u otro síndrome, que todo quien conozca a Freud suele endilgarle a quien, a los 45 años, aún vive con su abue de 87. Bueno esos son los años que confiesa, para mí que, como todas las mujeres se los quita. ¡Ah! el eterno femenino.

 

Mis tíos (los hijos de mi abuela) critican nuestra relación. Dicen que es el colmo que sea ella quien me compre los condones, sólo porque una vez se los encargué al ir por el mandado. Me vale, ella nunca exige. Cuando dejé de ir a la secundaria, sólo dijo “no te preocupes, ya veremos qué hago” y desde entonces lo repite cada vez que me corren de algún trabajo.

 

Yo, sólo espero morirme primero que ella, para tener quien se acuerde de mí y me ponga ofrenda el día de muertos.

 

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